“Buenos días, hora de ir al colegio. Espero que saques buenas notas y apruebes la selectividad. No te preocupes si no le encuentras utilidad a lo que aprendes, te prometo que eso cambiará cuando seas mayor. Una vez en la universidad, elige una carrera y apruébala, eso te garantizará un trabajo bien pagado, estable y para toda la vida.”

– Ministerio de educación

 

España es sin duda un país culturalmente muy rico. Miles de graduados son investidos año a año, fervientes seguidores del sueño español. Enmarcan su título y chocan contra el espejo del mercado. ¿Qué había salido mal? Pues todo. ¿Cómo iba a salir bien? ¿Cómo podía prometerse un empleo estable en un mercado dinámico? ¿Cómo podía ofrecerse un determinado salario cuando el valor de los bienes y servicios depende de la oferta y la demanda? Y lo que es más importante, ¿Cómo puede pretenderse que un plan educativo estático que tarda más de veinte años en formar a un individuo se adapte dinámicamente a la demanda?

 

Brecha tecnológica

No es ningún secreto que la tecnología se ha apoderado de todas y cada una de las áreas de acción humana. El poder predictivo de las matemáticas, orientado hacia la creación de valor, ha acelerado los avances en todas las áreas donde actúa creando nuevos mercados y enriqueciendo los ya existentes. Este fenómeno se traduce en un exceso de demanda de profesionales de este sector por parte de las organizaciones que desean beneficiarse del potencial que ofrecen estas herramientas.

Sorprendentemente, un enorme volumen de la demanda expuesta no se encuentra satisfecha en un contexto en el que la cifra de paro juvenil se encuentra en máximos históricos. Aquellos estudiantes que han invertido en torno a una cuarta parte de su vida en formarse no van a tener garantías de que las habilidades adquiridas sean demandadas por el mercado, o lo que es lo mismo, existe un gran riesgo de que nada de lo que hayan aprendido le resulte de utilidad a nadie, o al menos, a nadie que esté dispuesto a pagar por ello.

 

¿Quién es el culpable?

Se trata de un problema de diseño, una cuestión estructural. Por una parte, existe una evidente desalineación entre los objetivos de las organizaciones y de las universidades y el estado. Este último ha demostrado aborrecer la iniciativa privada diseñando grados completamente emancipados de la empresa. Son incapaces de capacitar a los estudiantes para aportar un valor suficiente como para que su inversión en tiempo se vea recompensada como se esperaría, ni por supuesto, como se les prometió. ¿Cuántas horas de nuestras vidas hemos invertido en adquirir conocimientos duplicados o que no nos han resultado de ninguna utilidad?

En segundo lugar, un plan educativo gestionado por la colosal burocracia estatal adolece de los mismos problemas que cualquier organización gigantesca fuertemente burocratizada y robusta: Lentitud en la adaptación al cambio. No puede concebirse un sistema educativo cuyos contenidos son estáticos y que tarda en torno a veinte años en formar a una persona en un contexto en el que los mercados cambian cada pocos años. Este problema crece aún más si consideramos el uso partidista que los diferentes bloques ideológicos hacen del sistema y cómo impacta en la capacitación de los jóvenes.

 

Transcender al sistema

Es posible que tú, como muchos otros, tras haber invertido décadas formándote no te sientas preparado para enfrentarte al mundo laboral y competir en él. Adquirir esa preparación no es tan complicado como pudiera parecer ni te será necesario invertir un tiempo excesivo en lograr dichas aptitudes. Pero sí va a ser necesario un cambio de mentalidad con respecto a cómo conceptualizas tu existencia, la de las empresas, la de los agentes económicos en general y sus relaciones.

La formación convencional ya no es un factor diferencial, ya no constituye en sí misma una ventaja competitiva capaz de garantizar que puedas alcanzar tus sueños. Esto no implica que la realización de un estudio universitario no te pueda ser de utilidad, sólo implica que posiblemente no sea suficiente. Si bien la formación es indispensable para construir una ventaja competitiva sostenible, no necesariamente ha de adquirirse por medio de la carrera que le gusta a tu padre, la que recibe aprobación social o en la que más fácil o difícil es aprobar. El establishment tiende a proteger el statu quo, percibirá los cambios en el sistema como agresiones y se defenderá, por lo que necesitarás adquirir competencias para gestionar esas presiones ya que te toparás con una gran oposición social si pretendes perseguir tus sueños por un camino que sea diferente al habitual.

Eres diferente al resto, ese es tu poder. Diferénciate de tu competencia. Encuentra tus puntos fuertes y aprende a negociar desde esa posición, capacítate para ofrecer algo que la gente quiera y reduce al mínimo el número de personas capaces de igualar tu oferta. Grábate a fuego que sólo existe aquello que puedas vender y que nadie te va a pagar más de lo que tu capacidad negociadora pueda exigir.

Escucha al mercado y analiza tus opciones. Diseña un plan para diferenciarte y juega tus cartas. Con internet tienes datos y herramientas de análisis de sobra a tu disposición para diseñar tu estrategia. Estudia una carrera si ello te ayuda a alcanzar tus sueños, pero que tu motivación no esté anclada en sesgos, costumbres o presiones sociales. Tu tiempo es tu mejor activo, inviértelo adecuadamente.

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